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Los valles de Cúcuta y su devoción al patriarca señor San Joseph que dio el nombre a la ciudad

Por: Silvano Pabón Villamizar Historiador UIS.

En noviembre de 1549 arribó el ejercito del Capitán Ortún Velasco y Don Pedro de Orsúa a las tierras bajas de los actuales ríos Pamplonita y Táchira, después de haber cruzado de sur a norte la provincia de los Chitareros, prehispánicos habitantes del nororiente de la cordillera Oriental, que los españoles llamaban Sierras Nevadas. Allí fueron recibidos por una parcialidad indígena que vivía en los pastizales y bajo los frondosos árboles de las vegas de aquellos afluentes, cuyo cacique principal dijo llamarse “Cucutaquemarí”, nombre que generó la creciente y pronta supremacía de este topónimo que terminó dándole nombre a diversos elementos geográficos de toda esta estratégica región.
La fuerza y primacía del topónimo Cúcuta se instauró dada la relevancia del cacique Cucutaquemarí y sus sujetos en una zona sumamente estratégica para los vecinos de la recién fundada ciudad de Pamplona de Indias, pues estas comunidades chitare- ras constituían un repartimiento y encomienda de indios que hacía posible que estos extensos llanos y valles fértiles fueran aplicados a la ciudad como ejidos y dehesas para el pastoreo de ganado mayor, así como para la implementación de unidades agroganaderas dedicadas a la producción de mieles y azúcar en sus plantaciones de caña dulce.

Cúcuta como topónimo y punto de referencia para múltiples actividades administrativas, económicas y logísticas en la construcción del territorio hispánico desde la plaza de Pamplona, así como por lo estratégico de su entorno, empezó a aplicarse para diversos componentes de la geografía regional: llanos de Cúcuta, Valles de Cúcuta, repartimiento y encomienda de Cúcuta, pueblo de indios de Cúcuta, río Cúcuta, Villa de San José de Cúcuta, Villa de Nuestra señora del Rosario de Cúcuta, aldea de Cúcuta, distrito de Cúcuta, municipio de Cúcuta. Y en tiempos contemporáneos: Terremoto de Cúcuta, Ferrocarril de Cúcuta y Cúcuta Deportivo, entre otros.

Doctrinera San Luis

Capilla de San Joseph de Guasimal

Pero entre todos esos nombres aparece para el Siglo XVIII “San Joseph del Guasimal” para nombrar o intitular la parroquia que los vecinos blancos y mestizos agregados al Pueblo de Indios de Cúcuta quisieron y lograron erigir en 1734, para tener curato propio y ser mejor administrados en las “cosas de la Santa Fe Católica”. Más adelante esta boyante parroquia logró una importante reivindicación política al conseguir ser titulada como villa española y dotada de gobierno propio, bajo el nombre de “Villa de San José de Cúcuta en 1792. Para el nombre o topónimo “San José” en los valles de Cúcuta la historia comenzó con una carencia, una necesidad angustiosa, de los vecinos blancos y mestizos que moraban en la banda izquierda del río Pamplona (hoy Pamplonita), quienes hasta principios y avanzado el Siglo XVIII tenían que cruzar el caudaloso río para asistir a la eucaristía del domingo y cumplir con los demás preceptos sacramentales y religiosos a la capilla doctrinera del pueblo de indios de Cúcuta; lo cual les traía no pocas dificultades y trabajos.

En temporada de lluvias era imposible cruzar el torrentoso afluente, y aun pudiéndolo vadear, ya en el pueblo y capilla de los indios tenían la condición de agregados a dicha doctrina, por lo cual no siempre encontraban sitio para sentar- se a participar en la eucaristía con comodidad, pues los dueños y señores de la capilla eran los indios del pueblo de Cúcuta y les trataban con desdén.

Además de lo anterior, tenían con los indios de Cúcuta conflictos por el agua, pues en épocas de sequía o estiaje del afluente, los indios solían cortar el suministro corriente de las acequias o tomas de agua que sacaban los vecinos para regar sus plantaciones de cacao y caña. Fue así como decidieron los vecinos no indígenas de los valles de Cúcuta presentar el proyecto de erección parroquial ante el Arzobispo Metropolitano de Santafé, iniciando un trabajo mancomunado, entre todos aportando cada uno según sus posibilidades, lo necesario para lograr su curato propio. Argumentaban que: “…habiéndonos juntado y congregado de motu propio y de común acuerdo y consentimiento, y estando ciertos y bien instruydos de lo que en el caso que aquí se ha expresado, podemos y debemos hacer, y el derecho que nos asiste, y para el mejor éxito de los que pretendemos, como fieles católicos christianos haremos primera y ante todas cosas, Vocación Divina, y decimos que haviendo en el ynefable Misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios Verdadero, que vive y reyna para siempre sin fin, y creyendo como firmemente creemos y católicamente confesamos en todo aquello que tiene, cree y confiesa nuestra Santa Madre Iglesia Católica de Roma, devotos de cuya obediencia hemos vivido y protestamos vivir y morir, y tomando por nuestra intercesora y especial abogada a la gloriosí- sima siempre Virgen María, madre de Nuestro Señor Jesucristo concebida sin pecado original, en cuyas virginales entrañas encarnó y se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo, y padeció muerte de cruz para redención del género humano y también pe- dimos sean nuestros yntercesores y abogados los gloriosos Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, el Glorioso Patriarca Señor San Joseph y que es a quien eleximos por nuestro titular patrón, conociendo que Dios Nuestro Señor se sirve de las buenas obras y de todo aquello que se hiciere a honra y gloria suya, aumento de su culto divino y salvación de las almas, a cuyo fin debemos los hijos de la Iglesia Católica arreglar nuestras acciones primero que a los bienes temporales perecederos; hemos tratado y conferido, y de común acuerdo deliberado, que para tener pasto espiritual y que lo tengan nuestras familias y domésticos cómodamente, sin susidio ni quebranto de nuestras personas y bienes, erigir y fundar con licencia y expreso consentimiento de los superiores, una Parrochia en este valle de Cúcuta, jurisdicción de dicha ciudad de Pamplona, que conste de veintiocho vecinos que por la presente sean funda- dores, la cual parrochia sea y su nombre del Señor San Joseph, cuya fundazión se ha de hacer en media estancia de ganado mayor que en el dicho sitio de El Guasimal para el dicho efecto tiene donada Doña Juana Rangel de Cuellar por escritura…”.

Empero, ¿Por qué el Patriarca Señor San Joseph fue la advocación religiosa elegida por este vecindario como su santo patrón, su guía e intercesor? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que hubo un consenso general, alguien lo propuso y todos aceptaron, de tal modo que quedando expresado en el proyecto original; de ahí adelante en todos los documentos públicos y privados que integraron el expediente de erección parroquial figura San Joseph. Por ejemplo, una de las tres cofradías de ley a instituir como requisito oficial fue la cofradía de San Joseph, además de la cofradía de las Benditas Ánimas y la cofradía del Santísimo. Los hermanos cofrades de San Joseph se encargarían de la fiesta patronal como de parte de la congrua y sustentación del cura. La cofradía del Santísimo se encargaba de mantener la lámpara encendida, del Cirio Pascual y de la fiesta de Corpus Christi. La cofradía de las Ánimas sufragaba los estipendios de la misa de difuntos del lunes como del día de todos los santos y fieles difuntos en noviembre Una razón o idea que se nota a lo largo de los textos que componen el expediente de erección parroquial del vecindario de San Joseph es el alto valor que dan al trabajo, al esfuerzo que ponen en la construcción del templo y casa del cura. Todos se comprometieron y empeñaron con sus bienes, sus esclavos y con su propio trabajo. Pareciera que se inspiraban en esa idea del Evangelio de Mateo de “José el Carpintero” (Mt. 13, 55), denodado padre putativo de Jesús, devoto esposo de María la “madre de Dios”, lo cual desde la óptica teológica es una imagen y concepción devocional muy poderosa e inspiradora para un proyecto comunitario que exigía tanto esfuerzo: conseguir su anhelada parroquia, pues no solo tenían que aportar dinero en efectivo, comprometer sus bienes con sendas cargas hipotecarias, sino trabajar denodadamente en varios frentes, como construir el templo parroquial, la cárcel y la casa del cura; además de las suyas propias en el asentamiento parroquial.

En aquellos tiempos, como dice la Biblia, tan distintos a los presentes, este laborioso feligresado debió encontrar en San José la imagen de un padre protector e intercesor, inspiración para fincar el amor a Dios, a la familia, a los hijos y al trabajo honrado. Esa impronta debió consolidarse a tal punto que ya como parroquia, fueron tan exitosos con el beneficio del cacao y su comercio que antes de terminar el Siglo XVIII, como ya se dijo, en 1792 se hicieron acreedores al título de “muy noble, leal y valerosa villa” de San José de Cúcuta.

Entonces, de San Joseph del Guasimal, la parroquia erigida en 1734 por el campesinado de blancos y mestizos, segregados del pueblo de indios de Cúcuta, pasó a la destacada Villa de San José de Cúcuta, posesionada con su título y prerrogativas de gobierno autónomo en 1793. Luego, franqueados los avatares de la Independencia y el nacimiento del Estado nacional colombiano, transitó esta municipalidad y unidad territorial el Siglo XX, asumiendo sobre su nombre original la economía lingüística que le impuso el “San José” a secas como capital de cantón y próspera ciudad comercial, internacional y cosmopolita, que además de recuperarse como el ave fénix del fatídico terremoto de 1875, construyó el enigmático Ferrocarril de Cúcuta ya sobre los albores e inicios del siglo XX. La pregunta ahora sería ¿Qué se hizo aquella impronta de trabajo, orden y respeto que desde la advocación josefina hizo crecer esta urbe y pueblo como ninguno? ¿Qué se hizo aquella villa de San José del Siglo XIX: alegre, aseada, laboriosa, sosegada, libre de vagos como ausente de desempleados y mendigos que retrató Manuel Ancízar en Peregrinación de Alpha en 1851? Porque la San José de Cúcuta de estos tiempos es definitivamente otra y no porque el Glorioso Patriarca Señor San José nos haya abandonado.